La falla de Gaeta-Allahu Akbar

Artículo de opinión de Cristina Seguí

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Artículo opinión de Cristina Seguí

He leído en estos días que una falla de Valencia, la de Duque de Gaeta-Puebla de Farnals, “se ha visto obligada” a no quemar una mezquita integrada entre los ninots para no ofender a los musulmanes. Sólo necesitas leer el cartel de disculpas de la comisión fallera para ver que es falso. Que esas líneas no tienen nada que ver con el miedo, sino con los sueños húmedos de aburridos occidentales buscando algo más allá que cocer una paella en una rotonda verde de la autovía y “pimplarse” el brick de Don Simón aportado por los vecinos gorrones. Los autores son paletos fantaseando con hacerse conversos. Ese cartel es obra del gilipollismo y la pereza buenista y suicida, y si el motivo fuera realmente el miedo, en vez del relativismo, o de la desesperada búsqueda del sentido de pertenencia en el hijab de marujas de calceta frustradas por un marido que no les da lo suyo, o del cuarentañero que cree que si sus críos pequeños se hacen amigos de un Mohamed van a disfrutar de un Aladín privado, vaya por delante mi absoluta falta de respeto para los cobardes.

 

A medida que la vida pasa, y uno se hace mayor, es lógica la añoranza por tiempos pasados. Lo hemos visto en nuestros padres, y ellos antes en nuestros abuelos. La mía es por la masa social que tenía miedo por si tenía la mala suerte de que le explotara una bomba del Comando Madrid mientras iba al colegio, o por si a su padre militar le explotaba el coche y le hacían volar en Sestao como a Carrero, Grande de España. Tenías miedo a la muerte de verdad, pero era imposible no tener pelotas. Teníamos como referente a Gregorio Ordoñez, que en lugar de Tik Toks multiculturales, recibía constantemente el "A ver Gregorio, estamos hasta los cojones de ti, una declaración más tuya y tu familia corre el riesgo de morir. Fuera de Euskadi cabrón", pero a Gregorio le asesinaron en el bar "La Cepa" en el 95. Y algunos jueces, como Marlaska, pasaron de perseguir a etarras a tirar confeti en los actos de enaltecimiento carniceros batasunos, o a soltar magrebís que violan a crías en manada para “no crear una corriente social racista”. Como políticos y periodistas pasaron de estar el punto de mira a retozar en la cama de etarras.

 

Ahora, el miedo de las nuevas generaciones, y la de los analfabetos de la mía que no recuerdan aquellos días, es a que te llamen “homófobo” por preguntarte si a “Soy una Pringada”, el orco con pelo rosa que dice que “hay que matar a los de VOX, le practican una vez al año la consabida citología, o le ponen de cubito supino para hacerle el tacto rectal en la revisión de próstata.

Y algunos jueces, como Marlaska, pasaron de perseguir a etarras a tirar confeti en los actos de enaltecimiento carniceros batasunos, o a soltar magrebís que violan a crías en manada

La peña tiene miedo a decir que no recicla, a llamar a su colega “mariquita”, a indignarse si un trans con un pene más largo que El Miguele deja gota en el baño de tías. Los periodistas políticos tienen miedo a no parecer “plurales” y evitan pedir la ilegalización del partido de Rufián, entrevistador de la morsa promocionada estos días, por haber simulado fusilamientos frente a cuarteles de una benemérita impía, y ya no se puede decir “moro”, porque ha dejado de ser el sujeto Natural del África septentrional fronteriza a España, sino un término peyorativo porque lo dice Susana Griso. Cómo me dijo un follower que me encontré ayer en el bar Candanchú: “Qué pereza de siglo...”

 

Volviendo al cartel fallero de la absolución hay que decir que, además es que no tienen ni puta idea. “Incluir la mezquita en nuestro monumento es rendir homenaje a lo que es parte indiscutible de nuestra historia como valencianos”, recordando mucho al gañán que dice que no es racista porque tiene muchos amigos negros. La mejor e indiscutible historia entre los valencianos y los moriscos fue cuando, en 1236, el rey de Aragón Jaime I, y el caballero cruzado, señor de Javaloyas, Vicente de Valoys Crépy,e hijo de Gaucher, corrió a los moros del Reino de Valencia sin jodidos complejos multiculturalistas. Ahora los traemos colocados de serie con el petate lleno de hash, con los dientes negros partidos y con el propósito de pastorear con su miembro purificador de impuras a las guiris pecosas.

 

Casi ocho siglos más tarde, los imbéciles que han redactado ese cartel, lo hacen con lenguaje inclusivo como tradicional sello de la amargura inherente a la progresía: “queremos celebrar una fiesta donde todos y todas debemos darnos la mano”. Otra huella del delito sintáctico de retraso zurdo. Un cartel colgado el mismo día que a una mujer, otra más, le han volado los dientes de un manojo de hostias diez nuevos Sugar ray del “allahu akbar” en la puerta del Sol. Un cartel que no tiene nada que ver con el miedo, sino con la pulsión sentimental de los cachorros de huevos negros que quieren imponer el islam en las escuelas.

Que no os den pena. Atacadles, porque son el jodido problema.

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